Capítulo V

UNA CONTRARREVOLUCIÓN DE SANTIDAD

 

Creo que hay un aspecto del contexto del Padre Andrés Coindre que aún no se ha considerado suficientemente. Cuando hablamos del trasfondo histórico de su vida, por lo general nos fijamos en los aspectos negativos; sin embargo, si contemplamos más de cerca la Iglesia francesa posrevolucionaria quedamos impactados por una realidad: nos encontramos ante una verdadera “contrarrevolución de santidad”.

 

Después de que la Revolución quisiera eliminar de cuajo al Dios cristiano y a la Iglesia católica, el Espíritu Santo suscitó, como respuesta, una increíble cantidad de personas que con toda generosidad entregaron sus vidas a Cristo. El Padre Coindre formó parte de ese movimiento.

 

Para poder visualizar esta contrarrevolución de santidad con cierta objetividad, me veo obligado a enfocarme por un momento sólo en las personas que la Iglesia ha beatificado y canonizado. Sin contar a los 426 beatos y 17 santos que fueron mártires de la Revolución, ¡la Iglesia ha proclamado unos 51 santos y 12 beatos franceses del siglo XIX! En muchos países del mundo hay tan sólo unos pocos beatos o santos en toda su historia… ¡en Francia son 63 sólo en un siglo! De ellos, 32 fueron misioneros en África, Asia y Oceanía y casi todos murieron mártires. Otros 21 fundaron congregaciones religiosas, en muchas ocasiones más de una. Así y todo, son una mínima parte de todos los cristianos comprometidos, sacerdotes, religiosos, misioneros y fundadores de la época.

 

Los ilustrados y revolucionarios habían querido terminar con la Iglesia católica: habían profanado sus templos y los habían convertido en almacenes y tiendas, habían demolido el monasterio de Cluny, el más grande de toda la cristiandad, habían abolido el culto católico y lo habían remplazado por la diosa Razón, habían cambiado el calendario para que ya nadie se rigiera por los tiempos litúrgicos y las fiestas religiosas, habían obligado a los sacerdotes a jurar una constitución que los sometía al poder político o, de lo contrario, a permanecer en la clandestinidad, habían disuelto y expulsado congregaciones religiosas, habían bañado Francia con la sangre de cientos de mártires… y allí mismo, unas décadas más tarde, después de la ola de dolor, renacía la Iglesia serena, limpia, dispuesta, fiel, santa.

 

Un refrán español reza “para muestra basta un botón”. En la parroquia de San Bruno, en Lyon, donde nuestro fundador vivió un tiempo, se fundaron seis institutos religiosos entre 1808 y 1825: en 1808 las Hermanas de San José, en 1816 la Sociedad de Padres de la Cruz de Jesús, en 1818 las Religiosas de los Sagrados Corazones de Jesús y de María, las Hermanas de la Adoración del Sagrado Corazón en 1820, en 1821 los Hermanos de los Sagrados Corazones de Jesús y de María y las Hermanas de la Sagrada Familia en 1825.

 

Al final de este cuaderno incluyo una extensa lista con algunas de las personalidades que, junto a nuestro fundador, marcaron la Iglesia de Francia en el inicio del siglo XIX. Las presento en un anexo a fin de no enlentecer el texto, pero recomiendo vivamente su lectura. Esta recopilación no se limita sólo a beatos o santos y los nombres están presentados en tres círculos concéntricos en torno a la figura de Andrés Coindre. Su confección ha sido posible gracias al inestimable aporte del Hermano Jean Roure y a los escritos del Hermano Jean-Pierre Ribaut.

 

No creo que formar parte de esta inmensa contrarrevolución de santidad le quite mérito alguno al Padre Andrés Coindre. Al contrario, creo que realza más su figura y la pone en el contexto de un plano mayor. Estos cristianos resplandecieron con la luz de Cristo en vida y ahora siguen brillando juntos en el Cielo para guiarnos en las noches oscuras. Aunque cada estrella tenga su luz propia, es más interesante descubrir las figuras que juntas forman en el firmamento, porque “ciertamente, hay diversidad de dones, pero todos proceden del mismo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un solo Señor; hay diversidad de actividades, pero es el mismo Dios el que realiza todo en todos; en cada uno el Espíritu se manifiesta para el bien común” (1 Co 12, 4-7).